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Página oficial de Carlos García

EL SEXO OCULTO DE LA AUSENCIA

Carlos García se desnuda en cuerpo y alma en esta epístola que escribe a un antiguo amor de juventud.

No le duelen prendas en reconocer la enorme influencia que Marguerite Yourcemar ha tenido en la escritura del libro. Como dice ella: «Si es difícil vivir, es aún mucho más penoso explicar nuestra vida.» 

En esta carta que le escribe a su amor de juventud, tendrás que adivinar su género, porque él no te lo va decir. Es más, después de tantos amoríos en su vida, ni él mismo lo sabe ya muy bien. Lo que sí sabe es que trató de hacer siempre lo que le vino en gana sin perder nunca las maneras. ¿O sí las perdió? Depende de quien le juzgue, aunque los juicios le resbalan soberanamente. Laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même ha sido siempre su mayor motivación. La carta es como un manual de emociones, en la que trata de decirle a su amor de juventud que, si un día llegaran a quererme, no lo haría de alguien que nunca tuvo un traspié, dueño de una virtud muerta, de escaso valor, sino, por el contrario, de un golfo de tomo y lomo.

Juan Francisco Moreno Amorós

UNA PRIMERA OPINIÓN

Calpe, 6 de junio de 2020: Mi amigo Carlos García me pidió el favor de leerle este libro que tiene en revisión y del que apenas ha sacado un puñado de ejemplares como prueba. El favor me lo hace él al cederme uno de ellos, por lo especial de esta edición limitada, lo bonito del libro y lo mucho que he disfrutado con su lectura. Básicamente se trata de una confesión íntima o autobiografía amorosa, salpicada de toques de humor, ironía, buen gusto y algunos viajes. El autor no se entretiene en tediosas descripciones y va a saco con la historia y con suculentas disquisiciones y reflexiones sobre lo vivido, lo aprendido y lo que falta por hacer. El narrador, en primera persona, se dirige a una segunda persona que inicialmente va a parecer un personaje crucial, pero que dista mucho de serlo. Por tanto, el libro se articula sobre dos artificios: el propio de las palabras, de las que el autor es maestro por oficio y por devoción; y el de un ardid en que sumerge al lector apremiándole con la curiosidad sobre ese tú poco definido que a la postre es una excusa para plasmar en hermosa prosa un mundo reflejado en un espejo horizontal, un mundo siempre de pie y siempre invertido, en el que el cielo es un pozo y un baño en las antípodas es una experiencia tan diferente. El autor se desnuda continuamente en la narración y no sólo metafóricamente hablando, es decir, se desnuda en cuerpo y alma, llevándonos por una alternada secuencia de pasión y calma, de audacia y prudencia, de contradicciones siempre pulsantes y tensas que configuran una experiencia personal que merece la pena disfrutar en tan cuidada, sencilla y al tiempo rica, precisa y variada redacción. Enhorabuena, Carlos. A todos mis amigos, os recomiendo la lectura de este libro, cuando se publique definitivamente (espero que no le cambie el título), y de los demás que ya ha publicado este autor.

SOBRE CARLOS GARCÍA

Su patria no tiene banderas ni fronteras. Al igual que Stendhal —él también vivió en Grenoble—, considera que la verdadera patria es aquella en la que encontramos el mayor número de personas que se nos parecen. Su manera de escribir sigue tres reglas precisas que, como decía Virginia Woolf —él también vivió en Bloomsbury—, nadie conoce. Si le dan a elegir un color que sea el azul del Mediterráneo —donde vive alegremente desde hace algún tiempo—, aunque sus raíces están más cerca de Altamira que otra cosa.

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Ha empezado la casa por el tejado: ya tiene hecha la portada del libro y solo lleva un par de capítulos escritos. La mujer, que está dentro de una sofisticada rueda de un tren, es la primera en España a ocupar el puesto de jefe de estación, destinado hasta entonces al sexo fuerte. 

La historia la lleva completa en su corazón y solo necesita tiempo e inspiración para terminarla.

ASÍ EMPIEZA...

Al otro lado de las vías del tren, el resplandor del amanecer tiñe el cielo por encima de los árboles. María contempla la escena sin inmutarse. No está hoy para diálogos poéticos con la naturaleza. Tiene el corazón encogido por la noticia que le dieron la tarde anterior. La empresa ferroviaria, para la que trabaja desde hace veinte años, tiene proyectos para ella que aún no conoce muy bien. Se habla de un puesto importante en la capital. Le cuesta despedirse de la humilde estación que ha sido su hogar los últimos veinte años. Descalza como está delante de la ventana de la cocina, los fríos azulejos le devuelven a la realidad. Se sirve una taza de café, antes de bajar a la oficina a despachar billetes por última vez. Le van a quitar los recuerdos, pero no quiere desfallecer y se viste con el traje de chaqueta de tweed rojo que tantas pasiones desata. Los zapatos con el tacón más alto realzan su espléndida figura y el moño de su pelo castaño le dan un aspecto autoritario que no ha sabido nunca controlar. Se pinta la cara más que otras veces para maquillar bien su tristeza.  
     María ha pasado de los cuarenta, aunque ella se ve tan joven y guapa como cuando salió de su pueblo con apenas dieciséis para convertirse en la primera mujer de la historia nacional a ocupar el puesto de jefe de estación que solamente le es concedido a los hombres, y de eso hizo siempre su bandera, aunque el camino para lograrlo estuvo sembrado de muchas y dolorosas espinas.