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Página oficial de Carlos García

Portada que envié con mi relato.

PILUCHI
Carlos García   
    
Había comenzado a soñar el día antes. Me veía sentado en un tren de vapor que las estaba pasando canutas para subir una cuesta tan pindia que a pie se podía ir más ligero. Luego, al niño que tenía enfrente le había entrado una carbonilla en el ojo y, cuando su madre logró sacársela con el pico de su pañuelo blanco, voló por el compartimento como un molesto mosquito. 
      La noche después, me había sentado en la dirección de la marcha y no tenía enfrente a ningún niño con carbonilla en el ojo ni mosquito que se le pareciera. En cambio, me encontré con una mujer de cierta edad que leía un libro con tapas negras deslucidas. Pasaba las páginas con sus nervudos dedos de uñas escarlata y articulaba las palabras para sí con labios de carmín violeta. De cuando en cuando, levantaba sus ojos de la lectura y me miraba extrañada. En un momento dado y con escasa oportunidad, se le escapó la voz para recitar lo que estaba leyendo:        
Silencio, silencio...       
 Silencio, alimañas,       
 felices gusanos        
que gustáis su sangre        
tan dulce, tan cándida. 
     Me desperté con el sentido que dan los sueños a nuestros propios arcanos. Me acordé de León de Greiff como autor de las palabras que aún resonaban en mi mente con exquisita musicalidad.
      La tercera noche, el tren había llegado a una estación que se me hizo familiar. En el letrero estaba escrito La torre de la vega. Bajé al andén, y vi al niño de la carbonilla y a la mujer poeta rondando por allí. El caso fue que, cuando quise saludarles, habían desaparecido sin dejar rastro alguno. Luego, como por arte de birlibirloque, las letras del letrero se fueron redistribuyendo hasta llegarse a leer Torrelavega. Esa mala conversión textual me hizo despertar de mal humor. Me costaba comprender que algún listillo se quedara tan pancho transformando la poesía en insípida prosa. 
     La cuarta noche, en el asiento de delante había un paquete envuelto con papel de periódico. Como soy un lector empedernido de todo cuanto cae en mis manos, me adueñé de las hojas dentro de las que había un corazón latiendo del que pasé olímpicamente. Por el contrario, una esquela a una página llamó mi atención. Rezaba: «Doña María Teresa Muela Palacio falleció en Torrelavega, el día 27 de mayo de 2016, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica. Sus hijas: María Teresa y María del Carmen (Piluchi)...» Me desperté intrigado porque lo de Piluchi me sonaba mucho. Me pasé el día dándole vueltas al asunto.    
     Las noches que siguieron no soñé. Busqué, empero, caminos que me llevaran hasta Piluchi. Como las ayudas digitales me negaran su habitual sabiduría, me encomendé a Morfeo para que me abriera una puerta al enigma. Y así fue como sucedió todo. 
     Una noche que cené más de la cuenta, no fue sueño sino pesadilla la lógica consecuencia. El mismo tren de vapor descarrilaba y salía yo disparado por la ventanilla. Ocurría en Boo de Piélagos y, esa vez, pensaba en lo acertado del nombre porque fui a parar encima de los escajos de una braña encharcada, justo al lado de un buey que por allí andaba paciendo. Cuando me levanté, vi un camino estrecho y tortuoso ante mí, que al avanzar por él se retorcía más y más, y que los dedos, largos y tenaces, de las raíces de los árboles invadían como esqueletos que trataran de asirme. Las hayas, entrelazadas unas con otras, concedían una bóveda gótica a mi paso; robles achaparrados y encinas retorcidas se oponían a mi caminar. Tuve que abrirme paso por entre bardales y arbustos. Toda una proeza. Para mi asombro y disfrute, me sentí de pronto dotado de una fuerza sobrenatural y crucé la barrera como si fuera un espíritu. Me vi en el andén desangelado de la estación de Torrelavega. Pasé nostálgico por la sala de espera y sus puertas se abrieron por sí solas de par en par. Dos hileras de elegantes ficus simétricos bordeaban la calle que apareció ante mí con edificios pintados de crema y ocre. El sol resplandecía y un par de terrazas ocupaban las aceras. Una, cerca de la encrucijada de carreteras, parecía la más amplia. En la fachada del bar se leía Flamingo, en versión inglesa del flamenco, un ave no muy dada a habitar en las aceras de las ciudades. Y allí sentada, con su madre y su hermana, se encontraba Piluchi. La reconocí enseguida y me desperté. 
     Con su imagen en mi mente, me vinieron los recuerdos, pero no pude plasmarlos en mi decepcionante realidad. Tuvo que llegar la noche y volver a soñar. 
     Me había sentado en la mesa contigua a la de Piluchi. No me reconoció, aunque hice todo lo posible por que me viera. Estaba con su hermana mayor y su madre. A esta se le veía orgullosa de sus dos hijas. Más de Piluchi que de la otra. Seguramente, porque la menor tenía la naturalidad de quien no se sabe una beldad. Y no es que no lo fuera, porque todo el mundo tiene algo especial con que agradar, sin lugar a dudas, pero la belleza de su hermana superaba la suya con creces. A ver. María Teresa, hija, tenía las piernas tres
veces más largas que María del Carmen, alias Piluchi; con ello quiero decir




que era más del doble de alta. Con todo, Piluchi tenía un trasero mayor, aunque menores pechos y brazos, sobre todo. En definitiva, se trataba de una hermosa enanita rubia. Con sus ojos azules y su piel de nácar. Mejor plantada que la Maribárbola de Las Meninas.  
     Allí sentado, me parecía haber vivido la escena mucho tiempo atrás. Cuando aún no había arrancado las raíces a mi existencia. Cuando no me había marchado a buscarme la vida en otra parte. Loca e inesperadamente, despegué de mi silla como un helicóptero y comencé a volar por encima de las cabezas de los allí presentes. Para mi sorpresa, Piluchi me siguió con sus alitas de seda. Pero no fuimos a ninguna parte, y me desperté decepcionado por haberme salido tan pronto de un sueño tan sumamente agradable. 
     Me dijeron que al volar soñando se respira libertad y superación. Y ni lo uno ni lo otro me pertenecía, del todo, despierto. Tenía que soñar para conseguir tales atributos de verdad. Así pues, esperé a que llegara la noche.  
     Aquella vez, aterricé en mi vuelo en la plaza del Ayuntamiento con sus plátanos entrelazados y la luna luciendo muy alta. La luna sabe incluso jugar con la imaginación de una persona que duerme. Así, comencé a volar para dirigirme a la confitería Blanco, alejada unas calles más arriba. Veía luz en las ventanas y las cortinas se movían ligeramente con la suave brisa. En el camino, varias terrazas celebraban su fiesta en la noche. Una nube, lejana hasta entonces, tapó la luna y le salieron sombras a mi sueño. 
     La verdad era que yo estaba durmiendo muy lejos, en tierras extrañas, lo que comprobé cuando me desperté desorientado. Me entró sincio de las polkas y los hojaldres de Blanco. Ya habría otra vez, aunque presentía que no iba a ser así. No le podía ya robar más sueños a la noche.  
     Imaginé, durante días, aquellas polkas y hojaldres crujir en mi boca; me apetecía darle un abrazo a Piluchi de verdad, y comprendí que mis sueños me ayudaron a madurar un plan: regresar a Torrelavega después de tantos años de ausencia. Como un hijo pródigo que se fue porque no había ya torre en la vega. 
     Escogí el camino más largo para llegar; elegí lirios rojos para sembrar en el camino; me vestí de recuerdo y olvido, e invité al silencio como compañero de viaje.  
     Esta vez, salí de la estación del feve por mi propio pie y nadie me saludó a mi paso. Todas las personas con que me cruzaba me eran extrañas; hijos o nietos, con toda seguridad, de quienes fueron conocidos míos un día. Me encaminé directamente al bar Flamingo. Llovía, llovía y las sillas y mesas de la terraza estaban apiladas en la acera bajo las dos marquesinas. Había menos cielo que antaño. Entré a tomar un café. Me forzaba por no caer en el pasado. Aún quedaba en algún rincón la nostalgia de un tiempo que se fue, cuando el alcalde de la ciudad, el señor Collado, de quijotesca alzada, departía en el local con concejales y amigos; aún quedaba una esquina donde guardaba su caja el limpiabotas; aún se oía el sonido regurgitador de la cafetera; aún estaba allí el mismo espejo, aunque con distintos reflejos, y un par de jóvenes raqueros molestaban a una señorita milindris porque sí. El reloj gótico de la pared no se había parado.  
     Me armé de valor y le hice una pregunta al barman que tenía la complejidad del paso del tiempo.
     —¿Conoces a Piluchi? Me miró con cierto asombro, inseguro de haber escuchado bien lo que le pregunté. 
     —¿La hermana de María Teresa? 
     —Una chica muy guapa. 
     —Solía venir mucho por aquí.
     No quise preguntar más. Me tomé el café y me fui a dar una vuelta. Pronto me di cuenta de que todo estaba en el sitio que lo dejé, pero de otra manera. Pintado. Habían pintado los edificios y construido un aparcamiento bajo la plaza del Ayuntamiento. 
     Había dejado de llover y quise ir a la confitería Blanco, pero no me acordaba muy bien dónde estaba. Guiándome por mi intuición y mis vagos recuerdos oníricos, arriba de la plaza, torcí a la izquierda y llegué hasta la fuente de Cuatrocaños. Para mi satisfacción, comprobé que echaba agua. ¿Potable? ¡Qué más daba! El caso era que aquel símbolo tan emblemático de la ciudad volvía a tener vida. Seguí caminando hasta la esquina donde comprobé, para mi inesperada desilusión, que la librería de Antonino ya no existía. Se había convertido en un campo de primavera. Siguiendo adelante, me encontré con la magnífica confitería Blanco. No entré, porque tenía yo saque para comerme los dos escaparates de un golpe. Al final de la calle, me topé con la iglesia. Me llamó la atención la cantidad de gente que se iba acercando conmigo. Pregunté a un par de señoras, vestidas de luto, el motivo del gentío y me respondieron que se había muerto la madre de Piluchi.
 
Silencio en los labios,
silencio.
Silencio en las almas.               

RECUERDOS PARA LLENAR MÁS DE UN CUÉVANO
Blanca Fernández Lorente      

¡Cómo de dulces se vuelven algunos recuerdos! Los otros, los que dejaron la amargura en mi alma, los voy a aparcar por un rato para, vestida de rosa y ensueños, contaros trozos de mi vida con la licencia que me dan los años. Los perfumes, los colores, los ruidos, la lluvia, las tormentas de verano, las noches frías, las melodías, son pinceladas y pinceles que pintaron un cuadro que resiste el paso del tiempo. Como un velázquez o un zurbarán. O un tinocacho, sin ir más lejos. 
     Mi nombre es Marta, aunque bien podría ser otro. En eso insisto, porque solo estoy aquí para hablaros de una vida como otra cualquiera. Nací en la habitación de mi madre cuando un rayo de sol atravesaba el cristal de la ventana lleno de promesas. Fue quizá por ello que me convertí en una niña feliz; siempre a las órdenes de mi querida madre, todo hay que decirlo. Martita, eso no; Martita, eso tampoco; Martita por aquí, Martita por allá. Tal era la vigilancia de mi progenitora que llegué a los dieciocho sin haberme comido una rosca. Pero, desde aquel entonces, me prometí a mí misma que las cosas tenían que cambiar. 
    Me parece estar viviendo, como si fuese ayer, aquella noche inolvidable de verano en que cobré mi libertad saltando por la ventana de mi habitación. Rosa me estaba esperando a pie de calle y las dos nos fuimos a bailar a la Pista Río. El susurro de las hojas de los árboles acompasaba al siseo de nuestras faldas en un airoso caminar. Aceleramos el paso cuando escuchamos el compás de un bolero. Se nos iban las piernas en un cuatro por cuatro cadencioso con nuestros medios tacones tamborileando en el adoquín. 
     Era la primera vez que entraba en la Pista Río para otro fin que el uso de la piscina, en la que me enseñó a nadar Uco, el señor del agua. Sentí el relente del Sorravides surcando por entre la hierba menuda y los árboles como una serpiente de cristal. Había guirnaldas y bombillas colgadas del cielo. Olía a musgo y a escarcha. O eso me parecía a mí. La orquesta Cubanacán lucía sus notas en un templete blanco adornado con una celosía inundada de claveles carmesí. Los manteles y los cojines le robaban el rubor a una noche de espléndida luna. Fue cuando quedé embrujada con mi primer amor. 
     Iniciada en el tonteo amoroso de la suerte, me vi lista para frecuentar el Whisky á gogó, aquel templo de la iniciación amorosa, por excelencia, de Torrelavega. Mi bautismo lo apadrinó Paco, el dueño, con una sonrisita de ni so ni arre. 
     Y de aquellos polvos vinieron unos lodos pasajeros. 
     Me eché a la mala vida, si por mala vida se entiende no hacer lo que mi madre hubiera querido que hiciera. De pub en pub, de discoteca en discoteca, por toda la geografía cántabra, hasta que hasta que me enamoré de verdad. Y mi vida se convirtió




entonces en otro cantar. Por una extraña razón, ligada seguramente a mis puñeteras remembranzas religiosas, limpiar los cristales de mi habitación se convirtió en una verdadera manía, cuyo lógico esclarecimiento ocurrió el día que Mónica atravesó mi cuerpo rompiéndolo y manchándolo como no estaba escrito.
Cuando creció, me comporté con ella como mi madre conmigo. Me pareció a mí que seguía mis pasos. No se inició, empero, en la Pista Río, porque ya no se hacían verbenas allí, sino en Flipper. Lo supe cuando llegó a casa una noche con cara de boba. Y Flipper lo alternó con el Whisky á gogó como todo torrelaveguense de pro que se preciara socialmente. Seguramente, Paco le sonriera como a mí.       Luego, se echó a la mala vida y no la supe frenar. Empezó fumando porros. Lo supe porque su habitación olía a espíritu endiablado. Pero no quedaron ahí las cosas. Un día me dijeron que se drogaba de verdad. Y aquí ya mi vida se desmoronó. No supe cómo tratarla. O, mejor dicho, la traté como no debía. En vez de pensar que estaba enferma, la consideré una viciosa, y el vicio no se quita con malos tratos sino con cariño. Hizo falta darle todo el amor del mundo para que viera la luz al final del túnel en que se había metido. 
     Salió finalmente de donde estaba, si es que estaba en alguna parte, y comenzó a limpiar los cristales de su habitación como hacía yo. Pero eso del matrimonio no iba con ella. Me trajo, un día, un chico a casa y, sin tardar, un nieto. Esta vez, la línea sucesoria cambió de género. En mala hora. Muy mala hora, porque mi nieto no sucumbió a los encantos ancestrales del Whisky á gogó, sino que, más bien, su sexualidad se fue por los cerros de Úbeda, por decirlo de alguna manera. A mi hija no le importaron las tendencias sexuales de su hijo, porque tiene la mente muy abierta. No sé a quién sale. Yo estoy chapada a la antigua y a mí eso de que dos hombres se casen no me gusta nada. ¡Qué queréis que os diga! Estoy todavía en estupendas condiciones para ocuparme de un biznieto y no sé cómo va a llegar con la ausencia de un agujero esperanzador. Sin embargo, me dice mi hija que el biznieto llegará. Se ha casado su hijo con uno de Suances y el matrimonio está considerando una gestación por sustitución.
     El caso fue que no tuve un biznieto sino una biznieta, que salió distinta a todos. Muy distinta. No hacía caso ni a sus dos padres, ni a su abuela, ni a mí, aunque yo le bailaba el agua porque era más lista que todos nosotros juntos. Un buen día, se fue con unas amigas a San Sebastián de Garabandal y se nos metió a monja. Da clases aquí en Torrelavega en el colegio de los Sagrados Corazones. He de decir que se parece mucho a aquella sor María que me enseñó a mí francés y que se salió del convento porque se enamoró de un cura. Pero sería soñar un sueño imposible que mi biznieta siguiera sus pasos porque ya no hay curas como Dios manda.